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Felicidad es saber que se puede transformar el dolor

El 27 de julio de 2016 quedó tatuado en mi corazón como el día más completo de mi vida. Completo en el sentido de que en un sólo instante viví, de manera simultánea, las emociones humanas más profundas que podamos experimentar en esta tierra: el amor y el dolor.  Ese día, a las 3:45 de la tarde, acompañaba a morir a Elisa, mi hija de tan solo 7 días de nacida. Desde ese día soy conscientemente una sobreviviente al duelo, y he logrado no solo sobrevivir, sino renacer al dolor.

Este camino de renacimiento ha estado acompañado de múltiples emociones y no menos aprendizajes. Uno de los principales, es que los dolores más profundos, guardan dentro de sí un regalo muy poderoso, si nos permitimos recibirlo. Y para hacerlo, es necesario entregarnos por completo al momento que estamos viviendo. Yo empecé a recibir mi regalo, tomando la decisión de hacer un duelo consciente. ¿Cómo se hace un duelo consciente? dejando que el dolor duela y encontrándole sentido a nuestras pérdidas. 

Después de mucho llorar, cuestionar, juzgar, lamentar, leer, ir a grupos, pedir ayuda, hablar, callarme, meditar, gritar….en un momento de total rendición y entrega al momento presente, me llegó el siguiente pensamiento: Tengo por lo menos tres alternativas frente a este profundo dolor: 1. Culpar y odiar al universo entero por lo que me pasó y ser una víctima de mis circunstancias. 2. Hacer de cuenta que no pasó nada y negar lo que pasó; 3.Permitirme vivir esta experiencia tan dolorosa, encontrar el propósito, y salir mejor y fortalecida de ella. 

Quiero decir que cualquiera de las tres opciones es válida y respetable, cada uno de nosotros puede decidir cómo reacciona ante lo que le pasa. Pero para mí, sólo una de estas tres opciones  honraba a Elisa: la tercera y esa fue la que escogí. 

Sin darme cuenta, con sólo permitirme sentir el dolor y proponerme encontrar un sentido, fueron manifestándose en mi vida regalos maravillosos: reconocer la capacidad que hay en mí, como en todos, de transformar el dolor en amor;  darme cuenta que el dolor es parte de nuestra experiencia humana, pero que el sufrimiento es opcional; y un regalo que jamás me habría imaginado: que parte de mi misión es compartir mi experiencia con todos los que hayan sufrido una pérdida y acompañarlos en sus procesos de transformación, porque comprobé que es posible renacer a los duelos más dolorosos, que es posible transformar el dolor en amor.

Aún hoy el dolor duele, pero duele en paz, pues soy consciente de los aprendizajes que me ha dejado y del maravilloso regalo que traía: una misión de vida revelada. Esto se materializa en  la plenitud que siento en cada uno de mis talleres y sesiones de acompañamiento de duelo. Se evidencia también, en la emoción indescriptible de sentir que  puedo acompañar a otros a transformar su dolor. Así, cada día es una posibilidad de honrar a Elisa, y entender que gracias a ella, y a todos los seres terrenales y de luz que me han acompañado en este camino, he logrado no solo sobrevivir al duelo, sino renacer a partir de él. 

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