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El perdón es una experiencia

Por ser un término tan común, el perdón es susceptible de múltiples y diversas definiciones e interpretaciones, cada una con implicaciones serias para como lo vivimos y entendemos.

Es un término que tiende a asociarse con temas religiosos, éticos y morales: y por ello está rodeado de supuestos y creencias que interiorizamos sin realmente entender lo que implica: se DEBE perdonar, perdonar nos hace “buenos”, o creer que hay cosas “imperdonables”. Todo lo anterior, le da una carga de complejidad adicional a la que el concepto del perdón tiene por sí mismo.

Tendemos a definir el perdón como un verbo,  una acción que realizamos  frente a nosotros mismos o a otros. “Necesito perdonarme o perdonar a alguien”, o debo pedir perdón…. o deberían pedirme perdón…. en conclusión: una acción que involucra dos partes como mínimo: una ofensa y un ofendido, una víctima y un victimario

Mi propuesta es que definamos y entendamos el perdón desde otra perspectiva. El perdón más que una acción que iniciamos, solicitamos u otorgamos,  es una experiencia. Es permitirnos a nosotros mismos, soltar cargas muy pesadas. Las cargas del juicio, la culpa, o el resentimiento, entre otros.

Al final, más allá de si nos han hecho algo, o si nosotros hemos hecho algo, lo que queda es una sensación interna, un estado emocional que si bien se origina en lo que haya sucedido, termina por adquirir vida propia, independientemente de si la acción ha cesado o no, y que si no nos la permitimos experimentar a consciencia, puede quedarse estancada en nuestro interior, el resto de nuestra vida. Perdonar es entonces una experiencia personal.

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